Saturday, September 26, 2009

Crónicas de viaje 2009 (parte 1)

El 23 de agosto de 2009 principié una nueva etapa de mi vida profesional. Tomar un puesto en un lugar tan peligroso como Afganistán requirió serias reflexiones, y el testimonio de amigos que habían estado aquí sirvió para terminar de decidirme.

Las noticias en los medios de comunicación no permiten un análisis objetivo pues siempre vienen en tonos sombríos o interesados. Mi corta experiencia en Afganistán (2002) me daba algunos elementos, además de los hechos históricos a partir de la invasión soviética en 1979, la alianza de los Estados Unidos y la OTAN con la resistencia y posterior insurgencia musulmana (encarnada por los jóvenes estudiantes del Corán, o Talibanes, que eran apoyados por otro aliado de los Estados Unidos, Osama Bin Laden); la derrota soviética y la toma del poder por el Talibán; el viraje hacia posiciones islámicas muy conservadoras; los ataques del 11 de septiembre de 2001 y la nueva alianza de Occidente con los jefes tribales que resistían al Talibán (principalmente pero no restringido a la Alianza del Norte); la derrota parcial del Talibán y su posterior fortalecimiento, que llevó al endurecimiento de las acciones militares tal como se conocen a la fecha.

Esto no es una clase de historia o política, así que para quien quiera saber más, tengo buenas referencias bibliográficas. El hecho es que decidí venir a Afganistán en un momento crítico de su historia moderna, conocido en el exterior por la guerra cruenta, los ataques suicidas, el desconcierto y desencanto de la población civil y, en lo que a mí y a mi trabajo corresponde, el aumento del hambre.

Intentaré compartir mis percepciones y certezas con quienes tengan la paciencia de leerme. De momento, no me atrevo a hacer muchas afirmaciones, pues ni siquiera tengo un mes aquí. Espero que a partir de las imágenes que compartiré en el blog fotográfico (http://fotohistorias-poncesegura.blogspot.com) los lectores puedan formular sus propias percepciones.

La primera etapa del viaje hacia mi nuevo trabajo como analista de vulnerabilidad a la inseguridad alimentaria fue la sección Guatemala-Los Ángeles-Tokio-Bangkok. Allí me quedaría una semana, para culminar Dubai-Kabul.

No hay muchas cosas notables en ese trayecto. Entre las pocas que tengo está el paso por el aeropuerto de Los Ángeles. Luego de esperar media hora en la ventanilla de inmigración porque se le había caído el sistema al oficial (y no se agachaba a buscarlo), fui fichado por enésima vez (huellas dactilares, fotografía). El siguiente paso fue recoger las maletas para volver a embarcarlas. Pensé que debía unirme a la fila de ventanilla de la línea aérea, pero me dijeron que no era necesario. En su lugar, había más adelante otra fila para entregarla a personal que la hacía pasar por la máquina de rayos X. No me pidieron identificación, no revisaron nada. La tomaron, la pasaron por el túnel de rayos X y me dijeron que continuara hacia la zona de embarque. Me pregunto cuál es el propósito de que el pasajero retire las maletas. Mientras hacía la fila para pasar a sala de embarque por unas gradas eléctricas, un pasajero se dirigió al fondo del corredor y tomó un ascensor. Un guardia le gritó que no podía hacerlo, pero lo hizo. Supuse que haría alguna llamada por radio, intentaría detener el ascensor o cualquier otra cosa para que el pasajero hiciera lo que todos los demás. Pero no sucedió nada. Sólo movió la cabeza de un lado al otro. En el primer descuido, otros pasajeros hicieron lo mismo. No pasó nada. Linda seguridad, pensé.

Busqué mi puerta de embarque luego de caminar quizá unos 500 metros. Como es costumbre que anuncien una puerta y resulten embarcando por otra (medida de seguridad, para engañar al enemigo), fui directo a revisar la que me habían asignado. Yo volaba por Delta y en el mostrador decía “Gracias por preferir United”. Ya está, me cambiaron la puerta. Revisé en la pantalla y sólo había dos vuelos hacia Tokio. Tiene que ser el otro, pensé, y salí disparado arrastrando 42 kilos de equipaje. Llegué a otra ala del aeropuerto y el tipo de la ventanilla de información no me supo decir nada. Tiene que ser del otro lado, me dijo, porque estas secciones son exclusivas de las líneas aéreas. Delta está del otro lado. Salí corriendo de nuevo, era ya tarde y las pantallas anunciaban “abordando”. Entre puerta y puerta habrá un kilómetro. Así que fueron dos mil metros de pique a lo Cristiano Ronaldo, o Messi, para no crear polémicas.

Llegué a la primera puerta y el dichoso rotulito seguía allí: “Gracias por preferir United”. Nada más, ningún signo de cuál era el vuelo que estaba abordando. Me acerqué a una de las señoritas y le mostré mi pase. “Es aquí”, me dijo, “y dónde andaba porque lo estábamos llamando. Hay que respetar los horarios”. Le señalé el famoso letrerito engañador y con una risita sin culpa me dijo: “Eso está allí desde ayer. Súbase o se queda.” Cómo ha cambiado el primer mundo.

No cuento otros detallitos para no aburrirles.

Llegamos a Tokio y ya sentía el descontrol de las horas y las comidas. Desayunando con las estrellas, almorzando al atardecer y tratando de no dormir, como estrategia personal para vencer el famoso “jet lag”. No pude apreciar el aeropuerto de Tokio. Me imaginaba algo modernísimo, me pareció un aeropuerto viejo pero funcional.

No sabía cuál era mi puerta de embarque, era la media noche de Japón y no encontraba una ventanilla de información. Las pantallas electrónicas anunciaban los vuelos con salida casi inmediata y junto a ellas había una pantalla pequeña. Me acerqué y, ¡voilá! Era una computadora que funcionaba con mandos táctiles. Me acerqué y poco a poco fui buscando lo que quería: idioma, línea aérea, tipo de vuelo. La puerta de embarque estaba a diez metros de la pantalla. Sólo debía sentarme a esperar, sin dormirme. No distinguía el día de la noche, el hambre de la saciedad, el cansancio de las ganas de seguir caminando por los pasillos.

No tardé en reconocer la moda vigente para las mujeres: pantaloncitos largos y ceñidos de rayón (o como se llame la tela parecida a las medias “de seda”) y faldas o pantalonetas encima de estos. Sombreritos raros con flores artificiales. Era la misma cosa por donde se vieran jóvenes mujeres. Los hombres no vestían con signos distinguibles. Cada uno iba a su manera.

La tienda de puerto libre estaba llena de tecnología, pero no me pareció que los precios fueran atractivos. Además, ya iba preocupado por el exceso de equipaje, que había resuelto mediante hacer pasar por liviana maleta de mano una que cabía muy bien en los compartimientos del avión, pero pesaba como discurso de “usté mamá, usté papá”. Y de la mochila mejor ni hablar.

En fin, llegó el momento de embarcarse y a volar ahora hacia atrás en el reloj. Debía llevar la cuenta del tiempo. En Tokio eran las dos de la mañana. Entonces, Guatemala estaba dieciséis horas atrás, Bangkok dos horas atrás de Tokio y Kabul tres horas y media detrás de Bangkok. ¿Ya dije que Guatemala está diez horas y media detrás de Kabul? Tan fácil como matar un sancudo que se quedó empanzado y dormido, ¿verdad?

A la media noche local, llegué a Bangkok.

(continuará)

5 comments:

  1. Byron: Toda una odisea, me imagino que por tu pinta, pasas por árabe. Te seguiré leyendo. Un abrazo chapín.

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  2. Bellisimo, estoy viviendo su experiencia a travez de sus relatos, no deje de llenarnos el alma cada vez que pueda, hijole ya estoy esperando el siguiente...

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  3. Curiosas, cómicas e interesantes crónicas de viaje :)
    Va a ser muy valioso leer de primera mano y desde su punto de vista la situación actual de Afganistán.

    Éxitos y suerte.

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  4. La Vera desde Guate.

    Hola Byron, de verdad que me sentí emocionada al leer no sólo la síntesis de la situación política, sino un tanto cansada en el trayecto para su llegada. eStaré atenta a la continuación.

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  5. Hola, gracias por el análisis sociopolítico, ayuda a comprender el entorno. Sobre las peripecias del viaje, hasta un poco cansada me sentí al conocer lo largo que se hizo. Esperaré el siguiente capítulo.

    Abrazos cariñosos

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