Saturday, March 6, 2010

Descubriendo la India, parte II

El viaje a conocer el maravilloso Taj Mahal fue fácil de arreglar. Una empresa de turismo organiza todo, y la jornada de un solo día está llena de sorpresas.

Hay pilas de libros sobre esta maravilla de la arquitectura. Hay historia, leyenda y hasta un poco de cabalística.

El palacio se encuentra en la ciudad de Agra, y el viaje permitió visitar también el fuerte del mismo nombre y Mathura, la ciudad sagrada.

Agra está bastante descuidada, lejos del esplendor que alguna vez tuvo. Drenajes expuestos atacan los sentidos de la vista y el olfato. Bandas de monos rubios deambulan a su antojo por todas partes, siendo respetados por motivos religiosos.

El guía que acompañaba al bus me pareció de lo más peculiar. Tenía más de 50 años, llevaba el cabello un poco largo, hasta la nuca, y parecía apasionado por su trabajo. Daba instrucciones al grupo, las repetía, brindaba advertencias, sincronizaba relojes y daba explicaciones muy buenas, según comprobé con lecturas posteriores. Tenía una postura bastante teatral al momento de dar sus explicaciones sobre los distintos lugares a donde nos llevó. Imagino que a más de alguno le disgustó su tono y ademanes, pues no le gustaba cuando alguien no le prestaba total atención. Usaba la muletilla “My dearest friends, …”). Pensé que trataba de impresionar a sus huéspedes. Fue una sorpresa que haya rechazado propinas al finalizar la gira y despedirse de nosotros. “Es mi trabajo”, dijo.


Nuestra primera parada oficial fue en el Fuerte Rojo, un impresionante complejo militar, con paredes de grueso impresionante, construidas con rocas rojizas. Como en los libros de cuentos, el fuerte está rodeado por un foso donde quizá, alguna vez hayan patrullado los cocodrilos. De todas formas, el canal hace difícil el asalto al fuerte. Dentro de este, palacios y construcciones de gran belleza y composición artística. En una sección del mismo, construida en mármol, una residencia para todas las esposas del gobernante. Estaban aisladas de todo lo demás, tenían sus propios lugares para el ocio, la contemplación, la adoración religiosa y, por supuesto, el castigo por faltas. Las esposas revoltosas eran colocadas para escarnio en calabozos. ¿Será esto motivo de añoranza para algunos?

Desde el fuerte se observa a la distancia el Taj Mahal, a la orilla de un río. Al finalizar la visita, me preguntaba qué maravillas encontraría allá, si la presente gira me había dado ya la certeza de estar en un lugar riquísimo en historia, arte y cultura. De lo más impresionante es conocer la antigüedad de todo esto, y lo que el ser humano ha logrado construir cuando se lo ha propuesto.

La llegada al Taj Mahal fue precedida por una larga alameda donde sólo se permite circular a transporte propio del palacio. Nuestro autobús se quedó en un parqueo y cada quién decidió cómo continuaría: caminando, en microbuses, en tuc tucs, en carretas haladas por caballos y para sorpresa de algunos, camellos. Es que la imagen del camello está más asociada con el desierto y los árabes. Si hubieran tenido elefantes, mi elección no habría vacilado. Siento una gran atracción hacia los elefantes asiáticos, animales de inteligencia privilegiada.

La taquilla para turistas extranjeros está en sitio aparte. En promedio, la entrada es diez veces más cara para extranjeros que para nacionales. Yo paqué 500 rupias, un poco más de 20 dólares.

La calle de ingreso estaba llena de turistas y guías, que se aproximan muy amablemente pero pronto se convierten en una molestia porque no aceptan No por respuesta. Hay necios para todos los gustos.

La fila de visitantes es larga, separando hombres y mujeres. Al final de la calle, un chequeo completo de seguridad, como quien va a viajar por aire. Es que la amenaza de atentados terroristas contra las riquezas histórico-culturales del país es alta y las medidas no se hacen esperar.

Al pasar el puesto militar de ingreso se llega a un complejo de edificios antiguos, de un nivel, utilizados actualmente para propósitos administrativos. El complejo tiene entradas hacia los puntos cardinales, y el visitante no lo aprecia con detenimiento porque todos se dirigen a la principal atracción.

Un edificio de paredes rojas, quizá un templo en algún tiempo, hace de preámbulo al palacio principal. Se pasa por un corredor oscuro y al salir, el ojo queda capturado por el blanco palacio que queda 150-200 metros adelante. Todo visitante se queda de pie frente a la alameda de acceso, con su serie de piscinas que en un día propicio reflejarán la belleza de los templos. Y a tomarse fotografías como prueba inequívoca de que estuvieron aquí. Yo me tomé una por insistencia de una pareja de australianos que me pidieron les hiciera varias tomas.

No quería moverme del lugar, y buscaba ángulos inéditos para mis fotografías, en un esfuerzo que de antemano sabía inútil. ¿Cuántos millones de fotografías se habrán tomado, por la crema de los fotógrafos, las cámaras, así como por todo tipo de llanos novatos y pretendidos talentos? (las fotografías estarán disponibles en el blog fotográfico). ¿Alguna que me haya parecido buena y original? No, ninguna. Es una exposición testimonial nada más.

Luego de caminar la antesala al templo principal, se suben unas escaleras para alcanzar la plataforma sobre la que descansa el gran palacio, nada menos que un regalo de cumpleaños a la reina. A partir de ese momento, es necesario quitarse los zapatos o colocarse unas bolsas de fieltro para impedir que se dañen los pisos interiores.

Al estar ahí, uno no sabe qué hacer. A dónde dirigirse, qué ver. Todo es muy hermoso. Yo preferí deambular por donde no había personas antes de ingresar al palacio, que tiene un grandioso edificio menor a cada lado y debajo de la plataforma, así como cuatro hermosas y solitarias torres en cada esquina de la plataforma.

No todo el interior del palacio está abierto al público, así que hay que usar mucha imaginación. El centro del palacio tiene, como habría de esperarse, el trono. Todo dentro del edificio está decorado, todo el mármol labrado con precisa decoración y símbolos.

Desde niño he tenido una relación especial con el número cinco. Es algo que no logro explicar. Me parece perfecto, me tranquiliza cuanto todo puede contarse y colocarse en grupos de 5. Y el Taj Mahal me hizo sentir que estaba en un templo del número 5. Eso me llenó de tranquilidad pues aparte del tres, todos los demás números impares me inquietan. Sicólogos y siquiátras: aquí tienen un caso.

Taj Mahal es el paraíso de los números 5,8,4 y 3. En lindas combinaciones, todo puede agruparse en combinaciones de estos. Los grabados sobre mármol, las paredes, el diseñó estructural de todo.

No puedo competir con la elocuencia de las fotografías, así que dejo esta visita para el registro fotográfico en el blog hermano de este.

Al salir de Agra nos dirigimos a Mathura, ciudad de nacimiento de Krishna, adorado por millones en India. La verdad es que yo estaba un poco confundido, al principio no comprendía dónde estaba, y es que la seguridad es tanta que parecía un cuartel militar. Había soldados por todas partes dentro de la ciudadela que guarda el templo. Intimidante.

Para ingresar en tierra santa había que quitarse los zapatos, dejándolos en un almacén exclusivo para ello. Luego, el chequeo policíaco. Teníamos un nuevo guía (el anterior ya se había despedido), que a la vez era monje del templo. Este sí que aceptaba propinas.

Nos llevó por distintas partes del templo. La con excepción de los australianos que mencioné, no había más extranjeros en el grupo. Ellos se quedaron en el autobús, así que yo andaba como perrito en misa. A cada poco llegábamos a habitaciones santas, donde la gente hacía reverencias ceremoniosas a imágenes, pinturas y monjes. La atmósfera estaba llena de devoción religiosa.

En las paredes y el techo interior había representaciones de la vida de Khrisna, sus amigo y su familia. Abundaban imágenes del bebé, niño y joven Khrisna. Estaban hechas con pintura de aceite, del tipo comercial. Abundan los colores y representaciones de la naturaleza, como si se tratara del paraíso del imaginario popular.

Al salir del último templo encontramos una representación con estatuas, con escenas paradisíacas, incluyendo un río. Estaba en un jardín como de 4x15 metros. Devotos seguidores acampaban en el interior del templo.

Afuera, no podía faltar, la explotación comercial de la fe. Imágenes, amuletos y para de contar.

Mientras me dirigía de vuelta al bus, en una fila bastante apretada de gente, se me acercó una niña, como de 14 años, de piel moreno oscura. Pedía limosna, estaba sucia y andrajosa, ajena a la belleza de su rostro. Yo caminaba entre la gente y ella me seguía, pedía dinero, hacía gestos. De pronto se me acercó y deslizó su mano por mi pierna hasta la rodilla, topando su cuerpo inclinado contra el mío. Me decía que de estar parada ya le dolían las rodillas. Yo seguí caminando hasta dejarla atrás. Sabía que como toda limosnera profesional, en realidad había explorado mis bolsillos en busca de su botín. No sentí su mano exploradora, pero no hay otra explicación para el súbito gesto. Además, si la hubiera sentido, ella no sería profesional. Y si yo hubiera llevado dinero en ese bolsillo, no sería turista precavido.

Regresamos al hotel después de las diez de la noche. El día había estado lleno de imágenes y sensaciones y me quedaba un par de días antes de regresar. Todavía hubo tiempo para aprender algunas cosas, que relataré en la siguiente entrega.

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