Y aquí está la última parte de la primera visita a la India.
La ignorancia concede, a veces, ciertas amnistías, y espero que este sea un caso. Desde mi arribo al aeropuerto noté a los hombres que visten un turbante en la cabeza, como el estereotipo del inmigrante indio que conduce taxis en Nueva York. El turbante identifica a los practicantes de la religión Sikh. Los hombres que había notado se destacaban por el turbante y su comportamiento. Exhibían una desagradable arrogancia o falta de modales sociales, como prefieran.
Da la impresión de que quieren que se les atienda como VIP, que la gente se quite de su camino, que les cedan el mejor asiento. No quiero cometer el pecado de generalizar. Ya había trabajado con dos colegas Sikh. Uno de ellos no dirigía la palabra a muchos, incluyéndome. La cabeza siempre en alto, la vista al frente y pretendiendo estar solo en el elevador, las gradas, los corredores. El otro era muy amable. Trabajamos en proyectos vecinos por dos años, y siempre obtuve de él un verdadero trato de compañero.
Volviendo al viaje y mi ignorancia en el tema Sikh, los hombres del turbante no nacen, se hacen. La religión no admite el recorte de ningún cabello. Por ello los turbantes, encubriendo las largas cabelleras.
En fin, yo veía que muchas tiendas eran propiedad de jóvenes que llevaban la cabeza ceñida con gorritos de tejido elástico, generalmente negro. En el centro, una simpática bolita, del tamaño de una pelota de beisbol. También vi niños cubriendo igualmente sus cabezas, pero sin bolita.
De manera que principié a llamarles los niños gorrito y los hombres bolita, sin entender bien de qué se trataba. Lo único que me quedaba claro era que se dedicaban al comercio.
Un venturoso día, vi entrar en un restaurante a una familia. Eran varias mujeres y algo que me sorprendió: un hombre turbante, un hombre bolita y dos niños gorrito. ¡Eureka! Todos son Sikh, se apellidan Singh (que significa tigre) y cubren su cabello craneal. Lo que pasa es que no todos lo tienen del mismo largo, y de allí que usen diferente cobertura.
Menos mal que mi desconocimiento no se hizo público. ¿Se imaginan si todo el mundo se enterara de mi ignorancia?
Y ya que estaba aclarado el asunto, descubrí un tipo más de persona: los hombres muelita.
Estos son nada menos que Sikhs adultos cuya barba crece tanto que no la pueden llevar meciéndose a placer, así que se colocan una banda que se les ve de oreja a oreja y mantiene la barba bien recogida. Parece que tuvieran dolor de muelas.
Para cerrar el tema, los Sikh son conocidos por su empresarialidad, altos niveles de educación secular y quizá por eso, identidad de casta distinguida. Son lo opuesto a los hombres trapeador, que mencionaré más abajo. Las mujeres Sikh se visten a la usanza general y no encontré en ellas algún rasgo distintivo.
Hablando de mujeres, no vi ninguna que pareciera empresaria, ni siquiera en las ventas tipo bazar. Todo parece manejado por hombres. Vi algunas atendiendo clientes en almacenes de ropa, y me impresionó ver otras trabajando como albañiles baratos, puesto que no reciben la misma paga que un hombre.
India tiene más de mil millones de personas, así que el paisaje humano cambia de región a región. Aún así, el sistema de castas está muy arraigado en el sector tradicional de la sociedad. La casta pierde lustre mientras la piel se oscurece.
En varios negocios vi unos trabajadores de piel oscura. No estaban detrás del mostrador; estaban, literalmente, en el piso. Encuclillados y sostenidos por las plantas de los pies, se dedicaban a trapear el piso con sus propias manos. Es decir, el paño limpiador lo sostenían con sus manos y allá abajo, fuera del campo visual de los clientes, pasaban el día trapeando, sin alzar la vista. Ojos que no ven, corazón que no siente.
Lo de las castas queda muy claro en ciertos anuncios clasificados. Los periódicos tienen una sección para buscar medias naranjas. El asunto va más o menos así: la señorita fulana de tal (detalles de casta, región, nivel educativo, religión, tipo de empleo y, por supuesto, virtudes morales) busca prometido de (casta, región, nivel educativo, religión, ingresos promedio, gustos y costumbres particulares). Los anuncios son colocados por los prospectos o sus padres. En la sociedad tradicional, solteros y solteras tienen que aceptar la pareja que sus padres hayan escogido, y en muchos casos, negociado.
Y como hay que desconfiar de los tiempos, pues hay espacio para emprendedores detectives privados, especializados en verificar las credenciales y buscar esqueletos en los guardarropas de pretendidos y pretendientes.
La presión poblacional ha permitido el desarrollo rentable de medios de comunicación masiva: trenes, líneas aéreas de bajo costo y metros urbanos. Del localizado en Delhi saco este letrero con el que despido esta entrega: “Prohibido escupir”. Y vaya si se necesita prohibir esa práctica callejera.
Saturday, May 22, 2010
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