El pasado 28 de octubre busqué una medicina en la Farmacia del Dr. Simi situada en el Boulevard San Cristóbal, frente al paso a desnivel. La medicina que necesitaba estaba etiquetada en Q.120.00, pero el cajero me indicó que tenía nuevo precio: Q.132.00. Le dije que no podía vender el producto a un precio diferente del etiquetado, a lo que respondió que eran instrucciones de la gerencia general. Como necesitaba la medicina y en la otra sucursal cercana no la tenían, decidí comprarla, pero anotar una queja en el libro de la Dirección de Atención al Consumidor (DIACO), que obligatoriamente debe estar a la vista y disposición del público en cada establecimiento comercial. No tenían el libro. Pagué la medicina y esta vez, a diferencia de docenas de compras anteriores, me extendieron factura contable. Hasta ese día noté que el “ticket” blanco que extiende la máquina registradora tiene el aviso: “Este documento no es factura”.
Regresé a casa a cumplir con lo que es obligación y no prerrogativa de todo ciudadano que se interese por acabar con la impunidad y el raterismo corporativo: denuncié el hecho ante la DIACO por vía telefónica, y me ofrecieron que investigarían en asunto. Dudo que lo hagan, y dudo aún más de los resultados.
Desafortunadamente, a pesar de la buena voluntad que creo que tiene la DIACO, esta no impone sanciones con poder disuasivo ni se constituye en querellante en procesos judiciales. Sus sanciones son apenas poco más que morales, algo así como: “¡No nene!”. Esto se debe a un asunto de diseño institucional (por lo tanto, política de Estado)no a sus funcionarios. Entre tanto, el Organismo Legislativo no termina de crear los instrumentos para una efectiva educación y asistencia al consumidor y usuario; el Organismo Judicial no se interesa en estos casos insignificantes y el Organismo Ejecutivo come en la misma mesa y viaja en las mismas naves de los evasores y especuladores.
Estos últimos, por supuesto, siguen estirando la chamarra en todos los campos posibles. Por algo está tan soplado el mentado Dr. Simi, que además se parece mucho a otro personaje de moda en la política nacional.
Monday, November 10, 2008
Tuesday, October 28, 2008
De cómo y por qué fui parte de la Estudiantina de la FAUSAC
Hace algunas semanas, parte del grupo que en el año 1978 formó la Estudiantina de la Facultad de Agronomía de la Universidad de San Carlos de Guatemala (EFAUSAC) se reunió para saber si aún se reconocían unos a otros, y para realizar dos presentaciones finales, con la sensación de estar haciendo algo histórico (en el universo de la Facultad) y de mucho significado para cada ex-integrante. Nos formulamos varios propósitos, y uno de ellos fue que cada quien escribiera sobre cómo y por qué nos convertimos en "tunos", como se le llama también a los integrantes de una estudiantina o grupo musical universitario. A continuación, mi historia:
Ingresé a la Facultad de Agronomía de la USAC en el año 1976, el mismo del terremoto que el 4 de febrero arrebató más de 20,000 vidas en Guatemala. Estaba recién graduado del Instituto Nacional Central para Varones, acostumbrado a hacer plantones y protestas frente al Congreso de la República (queda uno frente al otro) y muy orgulloso de practicar lo que nuestro himno estudiantil decía:
“Alegre juventud viril
hay en el Instituto;
juventud que sabe luchar,
y mil laureles conquistar.
Alegres demostremos
que somos superiores
y que en nuestros corazones
palpita la fraternidad.”
Lo de superiores se refería a la práctica de valores humanistas, no tenía ningún sentido peyorativo. El espíritu institutero y la identidad “Sheca”, como se le llama a los estudiantes centralistas, eran promovidos como parte de la formación, especialmente porque en 1974 se había celebrado el centenario de fundación y los estudiantes sentíamos verdadero orgullo de nuestra herencia, y responsabilidad por nuestro legado. Fui sheca del primer al quinto año de secundaria, que atravesaron de polo a polo mi adolescencia. Me gradué de Bachiller en Ciencias y Letras en 1975.
El 29 de enero, unos días antes del terremoto y otros después de la lección inaugural en la universidad, me atropelló un automóvil mientras conducía motocicleta. Desde los 16 años tenía un empleo de cobrador, y debía pasar media jornada en las calles, pues la otra era para estudiar. El saldo del accidente lo consideré positivo: el casco protector fracturado contra el bordillo de la banqueta y la clavícula izquierda partida en dos, más algunos rasguños por aquí y por allá. Cuando llegué a la emergencia del Hospital General San Juan de Dios, con mi brazo colgando, dos médicos y una enfermera me revisaron y ofrecieron palabras tranquilizadoras. Uno de los médicos se puso al frente, y me hablaba de la suerte que había tenido al no haber sido arrastrado por el automóvil: preguntó por el color y cilindraje de la motocicleta y alguna cosa que no entendí, porque mientras me hablaba el otro médico salió de mi campo visual y sigilosamente se colocó justo a mis espaldas. Me tomó por los hombros, deslizó sus manos por las axilas y antes de que yo comprendiera la siguiente pregunta o me dierta cuenta de lo que sucedía, colocó su rodilla en mis espaldas, dio un fuerte tirón y llevó los dos hombros bruscamente hasta atrás. El dolor nubló mi vista y me dejó sin voz. Creo que el médico del frente lo notó, porque inmediatamente perdió interés en las motocicletas (quizá padecía déficit de atención). Solo dijo: “Ya están los huesos en su lugar”. Me tocó el brazo en señal de despedida y sin más se dirigió a otra camilla. El médico que sabía lucha libre se puso al frente y dijo: “Así me gusta patojo. Ahora te vamos a enyesar”. No sé qué fue lo que le gustó: el sitio donde había dejados los huesos, el tomar a los pacientes por sorpresa y de esa manera, o que la sala no se hubiera llenado con un grito de dolor y rabia.
La enfermera entró en acción, y me colocó un ocho de yeso que se cruzaba por la espalda sosteniendo hacia atrás ambos hombros, no sin antes dejarme embarrado de yeso por todas partes. Aquel día yo vestía una camiseta blanca con un bonito estampado al frente. Lo recuerdo con claridad porque era de mis favoritas y la gente la miraba con curiosidad cuando a la salida del hospital abordé un autobús hacia a mi casa . En realidad ya no estaba tan bonita, porque en el hospital la habían cortado con tijeras desde el brazo hasta el cuello, por ambos lados, y luego le habían colocado unos pedazos de adhesivo para que no se me cayera. De todas formas, estoy seguro de que si no hubiera sido bonita, no hubiera llamado tanta atención.
A consecuencia del accidente y la recuperación, me perdí los primeros días de clases. Con el terremoto se despertó el espíritu de solidaridad que los chapines siempre mostramos cuando dejamos de apuñalarnos y dispararnos unos a otros, lo que acontece afortunadamente cada vez que nos toca algún desastre natural. La USAC no se quedó atrás. La Facultad de Agronomía decretó que no habría actividades académicas los días viernes, y se organizaron brigadas de auxilio a las poblaciones más sacudidas, literalmente hablando. Viajábamos a distintos municipios a bordo del autobús de la facultad, conducido por don Alex; a quien un día por causa de la aceleración centrífuga, acerté un naranjazo de record mundial en la zona ecuatorial del cráneo; pues los huevonazos de atrás traíamos guerra con los mariconazos de adelante. No sé por qué, ese parecía ser siempre el orden natural de las cosas en aquel autobús. Era como un designio cósmico: alguien de atrás gritaría “maricones” a los de adelante, y estos responderían con: “sho huevones”. No entiendo cómo se reconocían unos a otros, pero siempre se juntaban en las mismas secciones del autobús. Yo sentía más afinidad con los de atrás que con los de adelante.
Aquella vez me asusté, porque don Alex detuvo la marcha y se puso de pie preguntando furiosamente quién había sido. Como asumimos que no se trataba de reconocer el merecido mérito por el bólido perfecto, la guerra se detuvo y todos respondimos con un elocuente silencio sepulcral, que hasta el mismísimo Cardenal Metropolitano envidiaría para una de sus misas. Don Alex dijo entre dientes algo que hasta el sol de hoy no he podido descifrar ni imaginar, además de amenazar con regresarse a la capital si le volvíamos a acertar. Aquel ambiente juvenil era una extensión de lo que se vivía en el Instituto, de los recuerdos más dulces de mi vida.
A la altura ya había descubierto la manera de quitarme durante el día aquel chaleco de yeso y volver a colocarlo por las noches, como si nada. De esa manera, apenas dos semanas después del accidente con la motocicleta, me incorporé a las brigadas de auxilio, mientras que en casa pedía ayuda para acostarme y levantarme pues el yeso me lo impedía. Quien dude de mi historia, solo tiene que tocar mis torcidos huesos de la clavícula izquierda, que nunca retornaron a su posición correcta.
Aquellas brigadas humanitarias me permitieron mantener el contacto con las realidades de las zonas empobrecidas y desamparadas, en una época en que alcanzar la universidad puede hacer que los jóvenes coloquemos todos los reflectores sobre nosotros mismos como resaca del éxito alcanzado, especialmente si somos pobres desahuciados de este privilegio por la misma necesidad de poner pan en la mesa familiar. Además, estas brigadas ofrecieron oportunidades para darle rienda suelta a la alegría juvenil, las bromas entre pares y dispares y la irresponsabilidad calibrada en niveles no dañinos a terceros. Exceptuando a don Alex.
Al año siguiente, las cosas en el país retornaron a la insensible normalidad, y las autoridades de la Facultad decidieron que se debía asistir a clases de lunes a viernes. Pasó algún tiempo en que la rebeldía se impuso, y no entrábamos a clases el quinto día de la semana. En aquel punto, las brigadas humanitarias de los viernes se convirtieron para mí en ocasionales incursiones bohemias a lugares donde, contrario al uso generalmente aceptado, me dedicaba únicamente a conversar bajo la identidad de un estudiante de sicología (y alguna vez como sicólogo libanés, con acento incluido, para seguirle la corriente a un compañero que pensaba que yo estaba utilizando un método novedoso de seducción) y terminaba con el hombro lleno de lágrimas y el alma como más pesada con cada historia que escuchaba. Detrás de aquellas historias siempre había injusticia, crueldad, intolerancia e ignorancia. Ya ni la poesía podía conmigo. Los versos ya no sacaban lo que llevaba dentro y la lucha armada, refugio alternativo de la juventud de aquellos años, tampoco me parecía una opción para seres humanos.
Así llegó el final del primer semestre de 1978. Un grupo de estudiantes había organizado un viaje por Centroamérica, con el propósito –pretexto, pero no hay que andarlo repitiendo por ahí- de visitar todos los centros de enseñanza agropecuaria de la región. La Facultad proporcionaba transporte y un poco de dinero para combustible; nuestra calidad de estudiantes de agronomía nos daba carné de invitación a muchos centros de estudio que nos acogían como huéspedes (cama y comida, todo un lujo); nuestros ahorros o donaciones familiares nos permitieron no morir de hambre y el ímpetu juvenil facilitó el resto. Me enteré del viaje casi a última hora, y logré colarme en el grupo. Como parte de la delegación iba la Estudiantina, que se había formado algunas semanas antes. Yo no sabía sobre ésta, pero el mensaje social que entregaban en sus canciones, la semejanza de ambiente social con el de la época sheca y la posibilidad de expresar mediante el arte la rabia y dolor que llevaba dentro se combinaron para hacerme pedir la inmediata incorporación. En esta perfecta conjunción de intereses y vocaciones, decidí que era una externalidad el carecer de talento para cantar y no tocar algún instrumento.
La estudiantina era un grupo que interpretaba música conocida como protesta, nueva trova, social y revolucionaria. Esto lo combinaba con música guatemalteca, romanticismo tuno y franco alboroto al ritmo de corridos mexicanos. Recuerdo que una vez cantamos "Me caí de la nube en que andaba" con la música del himno nacional, y viceversa. Sale perfecto. Así, el repertorio entretenía a la vez que pasaba un mensaje que gustaba a la gente, porque eramos su voz, y decíamos lo que ellos no se atrevían.
Me uní al grupo durante el viaje a Panamá y al retornar principié a ensayar con la Estudiantina. Me dieron un tambor y logré pasar la durísima prueba de replicar secuencias: “bom-bom-bom” y yo “bom-bom-bom”; “bombom-bom” y yo “bombom-bom”. Luego impresioné a los tunos con secuencias de alto grado de dificultad, como: “toc-bom-toc-bombom-tic-zoom” y otros clásicos. “Como me lo contaron te lo cuento, porque todo cabe en lo posible”: dicen que allí nació la leyenda del Niño del Tambor.
De esa manera, me gané un sitio, o al menos me permitieron ocuparlo. Asumí responsabilidades adicionales como secretario administrativo, y la tuna me dio la responsabilidad de ser el presentador de las canciones, lo que me trajo buena cantidad de acaloradas discusiones internas porque en ocasiones hablaba demasiado contra el sistema, y había quienes preferían solamente la parte musical y las canciones románticas, lo que es absolutamente válido. Creo que ninguno de nosotros fue alguna vez consciente de los graves peligros a los que nos expusimos, como al pasar de los años y ya firmada la Paz me enteraría de primerísima fuente. "Francamente, no entiendo cómo usted sigue vivo", me dijo un general de primerísimo mando en aquellos años. Luego añadió: "¿Todavía canta babosadas?"
Así disfruté la época tuna, que me permitió hacer grandes amigos además de expresar mis desasosiegos internos. El momento de graduación llegó en 1981, y por alguna razón no me despedí ritualmente del grupo (la despedida ritual consiste en interpretarle a quien se va una canción tradicional de despedida). En 2008 y treinta años después, se logró una emotiva despedida colectiva, pues muchos de nosotros considerábamos que el ciclo debía cerrarse para iniciar nuevas aventuras.
Ingresé a la Facultad de Agronomía de la USAC en el año 1976, el mismo del terremoto que el 4 de febrero arrebató más de 20,000 vidas en Guatemala. Estaba recién graduado del Instituto Nacional Central para Varones, acostumbrado a hacer plantones y protestas frente al Congreso de la República (queda uno frente al otro) y muy orgulloso de practicar lo que nuestro himno estudiantil decía:
“Alegre juventud viril
hay en el Instituto;
juventud que sabe luchar,
y mil laureles conquistar.
Alegres demostremos
que somos superiores
y que en nuestros corazones
palpita la fraternidad.”
Lo de superiores se refería a la práctica de valores humanistas, no tenía ningún sentido peyorativo. El espíritu institutero y la identidad “Sheca”, como se le llama a los estudiantes centralistas, eran promovidos como parte de la formación, especialmente porque en 1974 se había celebrado el centenario de fundación y los estudiantes sentíamos verdadero orgullo de nuestra herencia, y responsabilidad por nuestro legado. Fui sheca del primer al quinto año de secundaria, que atravesaron de polo a polo mi adolescencia. Me gradué de Bachiller en Ciencias y Letras en 1975.
El 29 de enero, unos días antes del terremoto y otros después de la lección inaugural en la universidad, me atropelló un automóvil mientras conducía motocicleta. Desde los 16 años tenía un empleo de cobrador, y debía pasar media jornada en las calles, pues la otra era para estudiar. El saldo del accidente lo consideré positivo: el casco protector fracturado contra el bordillo de la banqueta y la clavícula izquierda partida en dos, más algunos rasguños por aquí y por allá. Cuando llegué a la emergencia del Hospital General San Juan de Dios, con mi brazo colgando, dos médicos y una enfermera me revisaron y ofrecieron palabras tranquilizadoras. Uno de los médicos se puso al frente, y me hablaba de la suerte que había tenido al no haber sido arrastrado por el automóvil: preguntó por el color y cilindraje de la motocicleta y alguna cosa que no entendí, porque mientras me hablaba el otro médico salió de mi campo visual y sigilosamente se colocó justo a mis espaldas. Me tomó por los hombros, deslizó sus manos por las axilas y antes de que yo comprendiera la siguiente pregunta o me dierta cuenta de lo que sucedía, colocó su rodilla en mis espaldas, dio un fuerte tirón y llevó los dos hombros bruscamente hasta atrás. El dolor nubló mi vista y me dejó sin voz. Creo que el médico del frente lo notó, porque inmediatamente perdió interés en las motocicletas (quizá padecía déficit de atención). Solo dijo: “Ya están los huesos en su lugar”. Me tocó el brazo en señal de despedida y sin más se dirigió a otra camilla. El médico que sabía lucha libre se puso al frente y dijo: “Así me gusta patojo. Ahora te vamos a enyesar”. No sé qué fue lo que le gustó: el sitio donde había dejados los huesos, el tomar a los pacientes por sorpresa y de esa manera, o que la sala no se hubiera llenado con un grito de dolor y rabia.
La enfermera entró en acción, y me colocó un ocho de yeso que se cruzaba por la espalda sosteniendo hacia atrás ambos hombros, no sin antes dejarme embarrado de yeso por todas partes. Aquel día yo vestía una camiseta blanca con un bonito estampado al frente. Lo recuerdo con claridad porque era de mis favoritas y la gente la miraba con curiosidad cuando a la salida del hospital abordé un autobús hacia a mi casa . En realidad ya no estaba tan bonita, porque en el hospital la habían cortado con tijeras desde el brazo hasta el cuello, por ambos lados, y luego le habían colocado unos pedazos de adhesivo para que no se me cayera. De todas formas, estoy seguro de que si no hubiera sido bonita, no hubiera llamado tanta atención.
A consecuencia del accidente y la recuperación, me perdí los primeros días de clases. Con el terremoto se despertó el espíritu de solidaridad que los chapines siempre mostramos cuando dejamos de apuñalarnos y dispararnos unos a otros, lo que acontece afortunadamente cada vez que nos toca algún desastre natural. La USAC no se quedó atrás. La Facultad de Agronomía decretó que no habría actividades académicas los días viernes, y se organizaron brigadas de auxilio a las poblaciones más sacudidas, literalmente hablando. Viajábamos a distintos municipios a bordo del autobús de la facultad, conducido por don Alex; a quien un día por causa de la aceleración centrífuga, acerté un naranjazo de record mundial en la zona ecuatorial del cráneo; pues los huevonazos de atrás traíamos guerra con los mariconazos de adelante. No sé por qué, ese parecía ser siempre el orden natural de las cosas en aquel autobús. Era como un designio cósmico: alguien de atrás gritaría “maricones” a los de adelante, y estos responderían con: “sho huevones”. No entiendo cómo se reconocían unos a otros, pero siempre se juntaban en las mismas secciones del autobús. Yo sentía más afinidad con los de atrás que con los de adelante.
Aquella vez me asusté, porque don Alex detuvo la marcha y se puso de pie preguntando furiosamente quién había sido. Como asumimos que no se trataba de reconocer el merecido mérito por el bólido perfecto, la guerra se detuvo y todos respondimos con un elocuente silencio sepulcral, que hasta el mismísimo Cardenal Metropolitano envidiaría para una de sus misas. Don Alex dijo entre dientes algo que hasta el sol de hoy no he podido descifrar ni imaginar, además de amenazar con regresarse a la capital si le volvíamos a acertar. Aquel ambiente juvenil era una extensión de lo que se vivía en el Instituto, de los recuerdos más dulces de mi vida.
A la altura ya había descubierto la manera de quitarme durante el día aquel chaleco de yeso y volver a colocarlo por las noches, como si nada. De esa manera, apenas dos semanas después del accidente con la motocicleta, me incorporé a las brigadas de auxilio, mientras que en casa pedía ayuda para acostarme y levantarme pues el yeso me lo impedía. Quien dude de mi historia, solo tiene que tocar mis torcidos huesos de la clavícula izquierda, que nunca retornaron a su posición correcta.
Aquellas brigadas humanitarias me permitieron mantener el contacto con las realidades de las zonas empobrecidas y desamparadas, en una época en que alcanzar la universidad puede hacer que los jóvenes coloquemos todos los reflectores sobre nosotros mismos como resaca del éxito alcanzado, especialmente si somos pobres desahuciados de este privilegio por la misma necesidad de poner pan en la mesa familiar. Además, estas brigadas ofrecieron oportunidades para darle rienda suelta a la alegría juvenil, las bromas entre pares y dispares y la irresponsabilidad calibrada en niveles no dañinos a terceros. Exceptuando a don Alex.
Al año siguiente, las cosas en el país retornaron a la insensible normalidad, y las autoridades de la Facultad decidieron que se debía asistir a clases de lunes a viernes. Pasó algún tiempo en que la rebeldía se impuso, y no entrábamos a clases el quinto día de la semana. En aquel punto, las brigadas humanitarias de los viernes se convirtieron para mí en ocasionales incursiones bohemias a lugares donde, contrario al uso generalmente aceptado, me dedicaba únicamente a conversar bajo la identidad de un estudiante de sicología (y alguna vez como sicólogo libanés, con acento incluido, para seguirle la corriente a un compañero que pensaba que yo estaba utilizando un método novedoso de seducción) y terminaba con el hombro lleno de lágrimas y el alma como más pesada con cada historia que escuchaba. Detrás de aquellas historias siempre había injusticia, crueldad, intolerancia e ignorancia. Ya ni la poesía podía conmigo. Los versos ya no sacaban lo que llevaba dentro y la lucha armada, refugio alternativo de la juventud de aquellos años, tampoco me parecía una opción para seres humanos.
Así llegó el final del primer semestre de 1978. Un grupo de estudiantes había organizado un viaje por Centroamérica, con el propósito –pretexto, pero no hay que andarlo repitiendo por ahí- de visitar todos los centros de enseñanza agropecuaria de la región. La Facultad proporcionaba transporte y un poco de dinero para combustible; nuestra calidad de estudiantes de agronomía nos daba carné de invitación a muchos centros de estudio que nos acogían como huéspedes (cama y comida, todo un lujo); nuestros ahorros o donaciones familiares nos permitieron no morir de hambre y el ímpetu juvenil facilitó el resto. Me enteré del viaje casi a última hora, y logré colarme en el grupo. Como parte de la delegación iba la Estudiantina, que se había formado algunas semanas antes. Yo no sabía sobre ésta, pero el mensaje social que entregaban en sus canciones, la semejanza de ambiente social con el de la época sheca y la posibilidad de expresar mediante el arte la rabia y dolor que llevaba dentro se combinaron para hacerme pedir la inmediata incorporación. En esta perfecta conjunción de intereses y vocaciones, decidí que era una externalidad el carecer de talento para cantar y no tocar algún instrumento.
La estudiantina era un grupo que interpretaba música conocida como protesta, nueva trova, social y revolucionaria. Esto lo combinaba con música guatemalteca, romanticismo tuno y franco alboroto al ritmo de corridos mexicanos. Recuerdo que una vez cantamos "Me caí de la nube en que andaba" con la música del himno nacional, y viceversa. Sale perfecto. Así, el repertorio entretenía a la vez que pasaba un mensaje que gustaba a la gente, porque eramos su voz, y decíamos lo que ellos no se atrevían.
Me uní al grupo durante el viaje a Panamá y al retornar principié a ensayar con la Estudiantina. Me dieron un tambor y logré pasar la durísima prueba de replicar secuencias: “bom-bom-bom” y yo “bom-bom-bom”; “bombom-bom” y yo “bombom-bom”. Luego impresioné a los tunos con secuencias de alto grado de dificultad, como: “toc-bom-toc-bombom-tic-zoom” y otros clásicos. “Como me lo contaron te lo cuento, porque todo cabe en lo posible”: dicen que allí nació la leyenda del Niño del Tambor.
De esa manera, me gané un sitio, o al menos me permitieron ocuparlo. Asumí responsabilidades adicionales como secretario administrativo, y la tuna me dio la responsabilidad de ser el presentador de las canciones, lo que me trajo buena cantidad de acaloradas discusiones internas porque en ocasiones hablaba demasiado contra el sistema, y había quienes preferían solamente la parte musical y las canciones románticas, lo que es absolutamente válido. Creo que ninguno de nosotros fue alguna vez consciente de los graves peligros a los que nos expusimos, como al pasar de los años y ya firmada la Paz me enteraría de primerísima fuente. "Francamente, no entiendo cómo usted sigue vivo", me dijo un general de primerísimo mando en aquellos años. Luego añadió: "¿Todavía canta babosadas?"
Así disfruté la época tuna, que me permitió hacer grandes amigos además de expresar mis desasosiegos internos. El momento de graduación llegó en 1981, y por alguna razón no me despedí ritualmente del grupo (la despedida ritual consiste en interpretarle a quien se va una canción tradicional de despedida). En 2008 y treinta años después, se logró una emotiva despedida colectiva, pues muchos de nosotros considerábamos que el ciclo debía cerrarse para iniciar nuevas aventuras.
Thursday, August 28, 2008
Se desvanecen las pruebas contra MDF y sus cómplices
Pueblo de babosos es que somos, por no decir otra cosa. De dejados, agachados, taimados.
Ahora resulta que esta semana los presuntos propietarios retiraron las computadoras de MDF, la empresa que se puso a jugar con los legales pero inmorales ahorros de ejecución presupuestaria del Organismo Legislativo, con la discreta complicidad de éste. Ochenta y dos millones de quetzales para jugar en los mercados de especulación, que funcionan exactamente como el juego infantil de la perinola (¿quién lo recuerda?): tome el doble, tome el triple, deje todo y coma mierda. Los únicos ganadores fueron los embarrados con comisiones y préstamos provenientes de la cuenta.
El secuestro de las computadoras se logró sin la mínima oposición, con una velocidad ejemplar (¡malaya el sistema de justicia operara así!). Siendo quizá la única prueba forense de la administración de MDF, los registros digitales no tuvieron el resguardo judicial que, por ejemplo, le dan a un automóvil cuando en un accidente hay daños a personas.
El interventorcillo ni chista palabra, sabe muy bien a qué llegó y pronto se irá, con la satisfacción del deber cumplido. Los tres poderes del Estado y los partidos políticos chiflan y miran hacia otra parte, ninguno grita “fábol” ni levanta la mano para que se consulte al “ayman”.
Alguien dijo a los diarios que hicieron una copia de la información en los discos duros. ¿Qué juez dará valor a una prueba que puede ser fácilmente descartable por la sola presunción de manipulación? También secuestraron el mobiliario, y les daba tanta pena hacerlo que seguramente no quisieron dejar alboroto, y se llevaron los archivos llenos. Con el apoyo del Ministerio Público, si puedo creer en las fotografías de los periódicos.
La bien aceitada maquinaria de la impunidad se sigue moviendo, aplastando esperanzas, dignidades y paciencia. ¡Ya estamos en el mundial! El mundial de la inmundicia política. No cabe duda que llegaremos a finales. Pueblo de babosos es que somos, por no decir otra cosa.
Ahora resulta que esta semana los presuntos propietarios retiraron las computadoras de MDF, la empresa que se puso a jugar con los legales pero inmorales ahorros de ejecución presupuestaria del Organismo Legislativo, con la discreta complicidad de éste. Ochenta y dos millones de quetzales para jugar en los mercados de especulación, que funcionan exactamente como el juego infantil de la perinola (¿quién lo recuerda?): tome el doble, tome el triple, deje todo y coma mierda. Los únicos ganadores fueron los embarrados con comisiones y préstamos provenientes de la cuenta.
El secuestro de las computadoras se logró sin la mínima oposición, con una velocidad ejemplar (¡malaya el sistema de justicia operara así!). Siendo quizá la única prueba forense de la administración de MDF, los registros digitales no tuvieron el resguardo judicial que, por ejemplo, le dan a un automóvil cuando en un accidente hay daños a personas.
El interventorcillo ni chista palabra, sabe muy bien a qué llegó y pronto se irá, con la satisfacción del deber cumplido. Los tres poderes del Estado y los partidos políticos chiflan y miran hacia otra parte, ninguno grita “fábol” ni levanta la mano para que se consulte al “ayman”.
Alguien dijo a los diarios que hicieron una copia de la información en los discos duros. ¿Qué juez dará valor a una prueba que puede ser fácilmente descartable por la sola presunción de manipulación? También secuestraron el mobiliario, y les daba tanta pena hacerlo que seguramente no quisieron dejar alboroto, y se llevaron los archivos llenos. Con el apoyo del Ministerio Público, si puedo creer en las fotografías de los periódicos.
La bien aceitada maquinaria de la impunidad se sigue moviendo, aplastando esperanzas, dignidades y paciencia. ¡Ya estamos en el mundial! El mundial de la inmundicia política. No cabe duda que llegaremos a finales. Pueblo de babosos es que somos, por no decir otra cosa.
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Meyer Maldonado
Friday, June 20, 2008
Al fin del día (cuento)
—Un-dos-tres, un-dos-tres, giremos juntas sobre los pies. —Los vuelos de la falda que llegaba a media pantorrilla celebraban el movimiento.
—Un-dos-tres… ¡ay!, no me mordás que me duele. Suavecito, ¿sí?
—Solo otro poquito y nos vamos a la camita. Un-dos-tres…
—Muy bien, ahora a dormir. ¿A dormir? —susurró musicalmente.
—A dormir…a dormir…todos los angelitos se van a dormir —continuó Laura, con inmensa ternura—. Vamos, decí que sí: a dormir. Yo quiero dormir. Te debés dormir.
—Angelita de mi vida, estoy cansada. Mirá, mirá —Su índice señaló hacia la destartalada ventana de vidrio—, hasta la luna se ha puesto su sabanita de nubes.
—¡Ay comelona! Te digo que me duele Angelita, no me mordás tan duro. Es hora de dormir.
—¿Ves a Tití? Ya te ganó, el oso pícaro te espera en la almohada. ¿Vamos?
—¿Te gusta tu cena, Angelita? Para vos bebí por la mañana un gran vaso de leche y me comí un pancito dulce. Te tiene que gustar, porque a mi también.
—Tití tiene frío, ¿vamos a taparlo?
—Dice Tití que se siente solito, que te espera.
—A ver, a ver. Sh...sh…sh… —Laura estiró los brazos con la preciada carga hacia la cuna.
—Así mi vida, amorcito lindo. Cerrá los ojitos. Aquí estaré yo, y Tití, y la luna, y el duraznal del patio con todas sus florecitas como ojitos abiertos cuidando tu ventana. Y en los cuatro rincones del cuarto, el niñito Jesús, que nos cuida y quiere a todos.
—Sh…sh…sh… —Laura se sentó en la silla de madera al lado de la cama.
—Mirá si de verdad nos cuida, que hoy la patrona me regaló leche y pancito dulce para ti. ¿Te gustó verdad? ¿No estaba más rico que las tortillas de ayer?
—Mirá si me querrá, que estoy aprendiendo a escribir tu nombre. No Rogelia, como quería mi mamá, sino Angelita, mi Angelita de Dios.
Ya no pudo más, encogió las piernas sobre la silla, tomándolas con su mano izquierda. Colocó su brazo derecho sobre el respaldo, inclinó la cabeza sobre el brazo y se durmió, arropada en su amor.
—Un-dos-tres… ¡ay!, no me mordás que me duele. Suavecito, ¿sí?
—Solo otro poquito y nos vamos a la camita. Un-dos-tres…
—Muy bien, ahora a dormir. ¿A dormir? —susurró musicalmente.
—A dormir…a dormir…todos los angelitos se van a dormir —continuó Laura, con inmensa ternura—. Vamos, decí que sí: a dormir. Yo quiero dormir. Te debés dormir.
—Angelita de mi vida, estoy cansada. Mirá, mirá —Su índice señaló hacia la destartalada ventana de vidrio—, hasta la luna se ha puesto su sabanita de nubes.
—¡Ay comelona! Te digo que me duele Angelita, no me mordás tan duro. Es hora de dormir.
—¿Ves a Tití? Ya te ganó, el oso pícaro te espera en la almohada. ¿Vamos?
—¿Te gusta tu cena, Angelita? Para vos bebí por la mañana un gran vaso de leche y me comí un pancito dulce. Te tiene que gustar, porque a mi también.
—Tití tiene frío, ¿vamos a taparlo?
—Dice Tití que se siente solito, que te espera.
—A ver, a ver. Sh...sh…sh… —Laura estiró los brazos con la preciada carga hacia la cuna.
—Así mi vida, amorcito lindo. Cerrá los ojitos. Aquí estaré yo, y Tití, y la luna, y el duraznal del patio con todas sus florecitas como ojitos abiertos cuidando tu ventana. Y en los cuatro rincones del cuarto, el niñito Jesús, que nos cuida y quiere a todos.
—Sh…sh…sh… —Laura se sentó en la silla de madera al lado de la cama.
—Mirá si de verdad nos cuida, que hoy la patrona me regaló leche y pancito dulce para ti. ¿Te gustó verdad? ¿No estaba más rico que las tortillas de ayer?
—Mirá si me querrá, que estoy aprendiendo a escribir tu nombre. No Rogelia, como quería mi mamá, sino Angelita, mi Angelita de Dios.
Ya no pudo más, encogió las piernas sobre la silla, tomándolas con su mano izquierda. Colocó su brazo derecho sobre el respaldo, inclinó la cabeza sobre el brazo y se durmió, arropada en su amor.
Friday, June 6, 2008
Más allá del linchamiento político
En la primera semana de junio del presente año, el Dr. Eduardo Meyer Maldonado, presidente del Congreso de la República, denunció ante sus colegas y la opinión pública el traslado secreto de Q82 millones (más de 11 millones de Dólares) de fondos públicos en custodia del Congreso a una corredora de bolsa que según los medios de comunicación, ofrece comisiones bajo la mesa a quienes les hagan llegar semejantes capitales. La empresa invierte en mercados de alto riesgo, y no goza de la garantía de una financiera legalmente autorizada, ni está fiscalizada porque no existe un ente regulador de estas empresas de bolsa. Según los congresistas, los fondos fueron invertido sin su autorización, siendo responsable del manejo financiero la Junta Directiva. Esta, a su vez, dice que el movimiento lo autorizó inconsultamente el Dr. Meyer Maldonado, quien niega el cargo y apunta hacia el Director Financiero y su ex Secretario Privado (pariente político además, según el Partido Patriota), despedido a principios de mayo y fugado del país horas antes de que se presentara la denuncia. ¿Quién no querría de asesor a semejante adivino?.
El movimiento financiero no se pudo haber realizado sin la firma del diputado Meyer Maldonado. Más allá de la resolución del misterio, este resbalón (está por conocerse la dimensión del sopapo) es para sus opositores como atinarle al imposible Bingotón Millonario. Y vaya que “te cambia la vida”.
Inmediatamente han llovido sobre el Ministerio Público denuncias en contra del diputado Meyer Maldonado, se le ha pedido públicamente la renuncia y el partido que lo llevó al Congreso prefiere no incurrir en los costos políticos de su defensa.
Lo que nos gustaría ver a los guatemaltecos es que este destape vaya más allá del linchamiento político del miembro de la UNE que preside el Congreso, y se extienda a algunas cosas de fondo y substancia. Lo primero es que el mismo congreso multipartidario que hoy exige unánimemente la reparación de su honra, se sirva dar trámite inmediato a las leyes que permitan controlar y no solo registrar a Bolsa de Mercados de Futuro S.A. y empresas similares. Segundo, la transparencia y acceso a la información sobre el manejo de recursos del Congreso no debe ser una dádiva ocasional sino una soberana obligación, y para ello solo hay que reforzar el cuadro normativo (¡la tienen fácil los congresistas!). Tercero, deben legislar para que corruptos (políticos) y corruptores (flamantes ejecutivos de empresas privadas) sean igualmente juzgados, y no simplemente castigados con la exposición pública o el despido inmediato (pero impune). Cuarto, no siendo estas inversiones una práctica novedosa en el Congreso, se debe investigar los movimientos de capital en las pasadas administraciones. Solo de esta manera los guatemaltecos veremos en las reacciones de los diputados actuales un verdadero acto de honor, dignidad y voluntad legítima para acabar con quienes confunden lo que es bueno con lo que les conviene.
El movimiento financiero no se pudo haber realizado sin la firma del diputado Meyer Maldonado. Más allá de la resolución del misterio, este resbalón (está por conocerse la dimensión del sopapo) es para sus opositores como atinarle al imposible Bingotón Millonario. Y vaya que “te cambia la vida”.
Inmediatamente han llovido sobre el Ministerio Público denuncias en contra del diputado Meyer Maldonado, se le ha pedido públicamente la renuncia y el partido que lo llevó al Congreso prefiere no incurrir en los costos políticos de su defensa.
Lo que nos gustaría ver a los guatemaltecos es que este destape vaya más allá del linchamiento político del miembro de la UNE que preside el Congreso, y se extienda a algunas cosas de fondo y substancia. Lo primero es que el mismo congreso multipartidario que hoy exige unánimemente la reparación de su honra, se sirva dar trámite inmediato a las leyes que permitan controlar y no solo registrar a Bolsa de Mercados de Futuro S.A. y empresas similares. Segundo, la transparencia y acceso a la información sobre el manejo de recursos del Congreso no debe ser una dádiva ocasional sino una soberana obligación, y para ello solo hay que reforzar el cuadro normativo (¡la tienen fácil los congresistas!). Tercero, deben legislar para que corruptos (políticos) y corruptores (flamantes ejecutivos de empresas privadas) sean igualmente juzgados, y no simplemente castigados con la exposición pública o el despido inmediato (pero impune). Cuarto, no siendo estas inversiones una práctica novedosa en el Congreso, se debe investigar los movimientos de capital en las pasadas administraciones. Solo de esta manera los guatemaltecos veremos en las reacciones de los diputados actuales un verdadero acto de honor, dignidad y voluntad legítima para acabar con quienes confunden lo que es bueno con lo que les conviene.
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